Stalingrado, el recuerdo necesario de la lucha por el futuro

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En la historia de la Humanidad hay algunas fechas marcadas para siempre. Son puntos de inflexión que determinan el avance de la razón y la justicia o de la barbarie, de la libertad o de la opresión. Uno de esos días es el 2 de febrero de 1943. Ese día el mundo entero, se puede decir, fue una sola ciudad: Stalingrado. Se sellaba la victoria oficial del Ejército Rojo sobre los ejércitos nazis en una batalla que había durado más de cinco meses.

Dos días antes de aquel 2 de febrero, por primera vez un mariscal alemán se rendía ante un ejército enemigo, el general Friedrich Paulus, al frente del 6º Ejército de la Wehrmacht, se entregaba, negándose a acatar la orden de Hitler de resistir hasta el final. Junto con él, el Ejército Rojo hacía prisioneros a más de 100.000 soldados alemanes. El inédito hecho de la rendición del recién nombrado mariscal Paulus supuso un acontecimiento histórico de primera magnitud, la primera gran derrota de la Alemania hitleriana en el campo de batalla. En consecuencia, el inicio del fin del nazifascismo.

De Stalingrado se ha dicho mucho, generalmente contaminado por el interés de desvirtuar el ejemplo heroico no solo de un ejército, el Rojo, sino de todo un pueblo, el soviético. Se han contado relatos de todos los horrores vividos en una ciudad reducida a ruinas. Se ha hablado del infierno de los francotiradores y del frío bajo el que sucumbieron los alemanes. Se ha exacerbado todo lo “cinematográfico” y se ha postrado al olvido, cuando no a la mentira, la verdad histórica, las causas y las consecuencias de la defensa de una ciudad que se convirtió en la frontera entre la barbarie y la libertad. Stalingrado ha sufrido, en definitiva, de la misma revisión histórica que toda la Segunda Guerra Mundial, a manos de una historiografía y de unas industrias culturales con el objetivo de borrar una verdad incontrovertible: que el nazismo fue derrotado gracias a la Unión Soviética.

En Stalingrado perdieron la vida casi medio millón de soviéticos, alrededor de 40.000 de ellos civiles. En el cómputo general de la guerra fueron más de 20 millones los muertos que puso la Unión Soviética, frente a los 5 de Alemania, o a los 300.000 soldados estadounidenses que cayeron en el frente. La frialdad de las cifras ofrece un rápido escalofrío ante la perversidad de la campaña anticomunista que desde la historiografía y la propaganda cultural trata de velar el papel absolutamente determinante de la URSS en el devenir de la contienda. Es de una perversión y de una obscenidad terribles que una enorme mayoría crea hoy que la victoria sobre el nazismo se produjo por causa de la intervención aliada en el frente occidental. La propaganda capitalista ha conseguido que el desembarco de Normandía esté más presente en el imaginario colectivo que las ruinas de Stalingrado. La verdad histórica, sin embargo, no puede alterarse por mucha tinta que se emborrone. Cuando se trata de la historia de un pueblo que da un paso heroico hacia el futuro, la verdad acaba por prevalecer.

La actual campaña de persecución del comunismo, con condenas de prisión e ilegalizaciones de partidos comunistas y obreros en muchos países —como ocurre ahora mismo con el PC de Polonia—, pone de manifiesto que la verdad, la libertad y la justicia no serán jamás subyugadas. Como no lo fueron en Stalingrado.

Hoy más que nunca, hoy como siempre, es preciso no dar ni un paso atrás.

Eduardo Corrales
Miembro del Buró Político del PCPE