Hablemos de la corrupción, pero hagámoslo bien

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Camps, Marjaliza, el pujólico 3%, el caso Gürtel, la operación Lezo, las tarjetas Black, Bárcenas, M. Rajoy, “el compi yogui de la Leti”, el exministro Soria, Rodrigo Rato y una verdaderamente interminable sucesión de (presuntos) corruptos se agolpan día tras día, durante años, en nuestras televisiones, copan horas de radio, inundan las páginas de los periódicos y protagonizan conversaciones indignadas en bares, centros de trabajo y cenas familiares.

Estos días el lamentable show mediático lo protagonizan los escándalos de financiación del PP. Por los tribunales desfilan una y otra vez “el bigotes”, Costa y un sinfín de empresarios, políticos y funcionarios públicos que han saqueado nuestros bolsillos en su beneficio. 

Por supuesto, el cabreo, la indignación y la rabia que sentimos los trabajadores y trabajadoras es perfectamente legítimo, pero si nos dejamos llevar por el espectáculo mediático corremos el riesgo de olvidar algo importante: ese saqueo generalizado que padece la clase obrera y el conjunto de los sectores populares ni empieza ni acaba con la corrupción. Se dice, con razón, que detrás de cada político corrupto hay un empresario que se beneficia. Esa es una lección importante. El capitalismo está indisolublemente unido a la corrupción, que ha jugado, siempre, un papel relevante, aunque no el fundamental en la explotación a que la burguesía somete a la clase obrera. 

No deja de llamar la atención la enorme cantidad de espacio que la prensa dedica diariamente a la corrupción: titulares efectistas, editoriales convertidos en tribunales de moralidad, periodistas estrella que se hacen un nombre con el “minuto a minuto”… La corrupción, ya de por sí un espectáculo bochornoso, convertida en carnaza para una prensa amarilla más preocupada por ganar audiencia que por contar la verdad. Y no es sorprendente que así sea. Al fin y al cabo los mal llamados medios de comunicación son, en definitiva, empresas capitalistas que, como tales, lo único que buscan es el beneficio, al tiempo que crean y forman opinión pública.

Y eso es lo verdaderamente peligroso. El tratamiento capcioso que se hace de la corrupción, convertida solamente en un asunto de moralidad individual, descarga de responsabilidad a la burguesía por la situación dramática que vivimos la clase obrera en este país. Más allá de que la cifra de la corrupción sea mayor o menor —sea cual sea, es insultante— la razón última de la terrible situación que padece la clase obrera no es esa, es el propio capitalismo. 

El año pasado, por situar un ejemplo, la clase obrera realizó una media de 6.100.000 horas extras cada semana, de las cuales 2,6 millones no se pagaron (el 46%). Teniendo en cuenta que el precio de la hora de trabajo se sitúa en unos 14 euros (como afirma el Instituto Nacional de Estadística), el saldo resultante es que la burguesía le ha robado, sólo por horas extras no pagadas, 36.400.000 de euros a la clase obrera por semana, o, lo que es lo mismo, 1.892.800.000 euros al año sólo por horas extras no pagadas.

Hablemos de la corrupción, sí, pero hagámoslo con propiedad. Huyamos de la interpretación en clave moralista y, por ello mismo, paralizante, que ofrecen los medios de comunicación. Hablemos de corrupción pero entendiéndola en toda su profundidad, como un factor más —no el único— que forma parte indisoluble del capitalismo. Hablemos de la corrupción no desde la rabia y la indignación individual de barra-de-bar, sino desde la voz colectiva que sólo da la organización obrera en nuestros centros de trabajo y estudio y en nuestros barrios. 

Que no sean las empresas de comunicación quienes hablen por nuestra Clase.

Armiche Carrillo
Miembro del Comité Central del PCPE