Crisis política y económica en Venezuela: sobre la ANC y la posición de los comunistas

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Ástor García, Secretario General del PCPE.

En España está muy de moda atacar a Venezuela. Para ser precisos, en España recurrentemente se ataca a Venezuela desde 1998, pero hay temporadas en que la agresividad se intensifica hasta extremos sonrojantes. 

Durante los últimos meses el nivel de agresividad en los medios ha llegado a tal nivel que, en un acto poco común pero digno de saludo, la sección sindical de UGT en RTVE ha llegado a emitir una nota informativa para denunciar que en ese medio público “no se informa con objetividad sobre Venezuela”, sino que, a través de “manipulaciones burdas y falta de profesionalidad” se está convirtiendo a RTVE en “portavoces sin criterio de la oposición venezolana, sin guardar siquiera las formas”.

En realidad no un fenómeno fuera de lo común. Cada cierto tiempo nos encontramos con una campaña en los medios contra tal o cual país, o contra tal o cual mandatario, que finalmente acaba siendo objeto de sanciones comerciales, económicas, políticas, golpes de Estado, invasiones militares o magnicidios. En ocasiones acaban pasando todas esas cosas juntas en un mismo país.

En el manual de la manipulación informativa está escrito en letras de oro que, cuando quieres legitimar una maniobra o una injerencia, necesitas pasar previamente por un período, de duración variable, de sistemática intoxicación informativa que llegue a generar un estado de ánimo entre las masas que haga que, incluso, éstas lleguen a exigir la intervención o la injerencia.

Normalmente la punta de lanza son pretendidas violaciones de derechos humanos. Pero puede valer cualquier otro argumento y, sobre todo, que parezca que en el resto del mundo —o en tu propio país— no ocurre nada llamativo o denunciable a ese respecto. 

La máxima goebbelsiana de que una mentira repetida mil veces se acaba convirtiendo en verdad la estamos viviendo con Venezuela, donde el objetivo de la brutal campaña (des)informativa que están llevando a cabo, sin excepción, los grandes medios de comunicación de este país, propiedad generalmente de grandes grupos empresariales, es sumar conciencias a la campaña internacional que busca sacar a Nicolás Maduro del Palacio de Miraflores.

Un par de precisiones en los términos

La campaña contra Venezuela, como luego veremos, tiene paralelismos con la campaña contra Cuba, que lleva muchos más años en escena. Pero hay que saber distinguir dado que, a diferencia de Cuba, el proceso venezolano no es una revolución, ni mucho menos es socialista. 

Pero hemos leído y escuchado a multitud de compañeros y compañeras defendiendo ambas definiciones, promoviéndolas incluso. Nuestro Partido no comparte esos planteamientos y pensamos que se deben hacer esfuerzos por analizar y caracterizar adecuadamente los procesos políticos. Es necesario dimensionar adecuadamente la correlación de fuerzas existente en ellos y evitar como la peste los discursos facilones y simplistas que, lamentablemente, suelen encubrir posiciones ideológicas concretas. En otras ocasiones lo que encubren es la mera falta de voluntad o la incapacidad para afrontar los fenómenos sociales de forma científica, con el objetivo último de formular una propuesta política coyuntural que vaya en línea con nuestro objetivo estratégico, que no es otro que el derrocamiento del capitalismo. 

Si los y las comunistas renunciamos a nuestros propios análisis y categorías, si vemos la realidad con las gafas de otros, tarde o temprano caeremos en la defensa y promoción de propuestas no sólo ajenas, sino contrarias a los intereses de la clase obrera, de ponernos a luchar nuevamente bajo pabellón ajeno, bajo intereses ajenos.

En Venezuela nosotros estamos con el Partido Comunista de Venezuela (PCV), que ha mantenido una posición coherente a lo largo de los años y ha sabido resistir los ataques que le han dirigido no sólo los enemigos, sino también los supuestos amigos. El mantenimiento de una posición clasista consecuente, la correlación entre táctica y estrategia, el alejamiento del trazo grueso tan tristemente habitual en la política actual y su capacidad de formular una posición propia en un momento de grandes polarizaciones, son de un enorme valor para la clase obrera venezolana y constituyen una garantía para el resto del movimiento comunista internacional. 

Para caracterizar el proceso venezolano, a sabiendas de que existe el riesgo de que algunas voces histéricas quieran acusarnos a mí o a mi Partido de cualquier estupidez, es suficiente con remitirse a algunas declaraciones de máximos dirigentes del PCV. Por ejemplo, Óscar Figuera, su Secretario General, declaraba a finales de 2016 que “en Venezuela no está en crisis el socialismo, porque no hay socialismo, en Venezuela está en crisis el capitalismo”. Por su parte, Elena Linares, miembro del Comité Central del PCV, decía el pasado 8 de marzo: “es el Gobierno quien asevera que se está en socialismo y la derecha también asevera que el socialismo fracasó. El Partido Comunista siempre ha dejado claro que en Venezuela ni existe socialismo ni ha fracasado, porque jamás ha existido socialismo. Y Pedro Eusse, también miembro del CC del PCV, situaba en septiembre de 2016 que “en Venezuela no ha habido una revolución socialista y quien diga que aquí hay socialismo y que eso es lo que está fracasando está mintiendo”. 

Entonces, si en Venezuela no hay socialismo, ¿hay acaso una revolución? En una entrevista reciente, Carlos Aquino, miembro también de la máxima dirección del PCV, situaba de forma meridianamente clara que “lo que comúnmente se denomina “revolución bolivariana” —con el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de 1998—, implementó políticas anti-neoliberales pero no tenía un programa anti-capitalista, por lo que estamentos de la pequeña-burguesía vinculados al nuevo gobierno progresivamente fueron desplazando del control de la renta petrolera a los sectores tradicionales de la burguesía venezolana. Y, a partir del 2005, el planteamiento del “socialismo del siglo XXI”, en su ansia de alejarse de las experiencias marxistas-leninistas en la URSS y demás países del campo socialista, se acercó más al “socialismo” socialdemócrata muy del gusto de los reformistas Partidos Socialistas de Europa y Latinoamérica, y al denominado “Estado de bienestar” europeo.” 

Una vez clarificadas estas cuestiones, continuemos.

¿Por qué es tan furibundo el ataque de los medios españoles contra el Gobierno de Maduro?

Mariano Rajoy ha dicho repetidamente que la situación en Venezuela “daña” a los intereses de las empresas españolas radicadas en el país. De hecho, lo dice cada vez que tiene oportunidad y eso, habitualmente, suele ocurrir cuando algún escándalo político salpica a su propio partido, o cuando los datos macroeconómicos o las estadísticas contradicen su repetitiva cantinela de que se está superando la crisis económica en España gracias a las politicas antiobreras y antipopulares que han venido aplicando.

En Venezuela operan grandes empresas con sede en España, como el BBVA, Inditex, Duro Felguera, Movistar, Repsol o Mapfre. Son las que tienen grandes intereses económicos en Venezuela y, como sabemos, son los intereses de los grandes monopolios radicados dentro de sus fronteras los que definen la estrategia internacional de los Estados capitalistas. 

No obstante, en este caso, los intereses de las empresas españolas, que no de su población —esto hay que repetirlo constantemente, porque la tendencia a vincular a todo el país con sus monopolios es bastante habitual en la prensa y en el discurso dominantes— no justifican por sí solos el ataque exacerbado del que día tras día estamos siendo testigos. En anteriores ocasiones ha habido problemas para las empresas españolas —recordemos el caso de Sacyr con el canal de Panamá o de la nacionalización de Repsol-YPF en Argentina en 2012— y en ningún rotativo hemos llegado a leer ataques tan brutales y sostenidos en el tiempo contra los gobiernos panameño o argentino.

No, en Venezuela hay algo más y ese algo más tiene que ver principalmente con dos factores: uno es el océano de petróleo sobre el que se asienta el país (tiene las mayores reservas del mundo) —amén de otras enormes riquezas naturales— y otro es el particular papel que Venezuela está representando en la geopolítica regional —y en parte, mundial— desde que Hugo Chávez accedió a la Presidencia en 1998. 

Hasta entonces, Venezuela era un país productor de petróleo que se plegaba a los intereses de las principales potencias imperialistas y cuyos ingresos del monocultivo petrolero retornaban con rapidez a los mercados extranjeros dada la práctica inexistencia de otro tipo de industrias manufactureras. Un país donde las diferencias sociales eran brutales y el malestar social generaba periódicamente estallidos violentos que, sin dirección ni objetivos claros, acababan condenados al fracaso.

La llegada de Chávez a la Presidencia, y su discurso favorable a los sectores sociales que hasta entonces no se habían beneficiado de la inmensa riqueza del país, supuso una serie de cambios que no sólo se notaron en Venezuela. También tuvieron efecto en otros países americanos donde años de políticas ultraliberales plegadas a los designios del FMI y otras herramientas imperialistas, así como décadas de agresiones e injerencias constantes por parte de potencias como Estados Unidos, habían generado un clima social muy receptivo a las propuestas reformistas que se han venido englobando bajo esa formulación confusa del “socialismo del siglo XXI”. 

Venezuela, aprovechando la renta petrolera y su discurso soberanista, se convirtió en un importante apoyo para gobernantes de otros países americanos y valedor de fuerzas políticas variadas. También en un aliado fundamental de Cuba Socialista. Venezuela pasó a ser una referencia para los sectores reformistas más avanzados de América y Europa, mientras su discurso de defensa de la soberanía y sus constantes choques con gobiernos como el estadounidense, el colombiano o el español, le granjearon amplias simpatías en todo el mundo. 

El efecto político de la crisis capitalista

Venezuela, por tanto, no es un país cualquiera a nivel internacional. Pero su especificidad no le ha permitido escapar de la crisis capitalista, que ha tenido efectos muy duros sobre los precios del petróleo y las materias primas en general, y que está afectando también a otros países del entorno como Brasil, Argentina o Ecuador.

Los efectos de la crisis capitalista sobre las masas trabajadoras y el pueblo en general, agudizados tanto por las agresiones de los capitales monopolistas como por la incapacidad del gobierno nacional y todo el aparato estatal —dada su naturaleza de clase— para afrontar la crisis con medidas genuinamente revolucionarias que favorezcan a la clase obrera y al pueblo trabajador, han fortalecido el posicionamiento de las fuerzas políticas reaccionarias entre las masas. [1]

El fenómeno descrito en el párrafo anterior no es exclusivo de Venezuela. Si echamos un rápido vistazo al resto de países mencionados, podemos detectar una tendencia común: el desmantelamiento —más o menos rápido y/o agresivo— de los gobiernos aliados de Venezuela. En Brasil, la controvertida destitución de Dilma Rousseff y su sustitución por Michel Temer, más la condena a Lula por corrupción. En Argentina, Mauricio Macri revisando la mayor parte de las políticas sociales aplicadas por Cristina Kirchner tras sacarla de la Casa Rosada. En Ecuador, el expresidente Rafael Correa acusando a su sucesor, Lenín Moreno, de plegarse a “la oposición” mientras éste, en respuesta, deja sin funciones al vicepresidente, Jorge Glas, por su cercanía a Correa. Por si esto fuera poco, el caso Odebrecht sobrevolando América e implicando en casos de soborno a políticos de medio continente.

De esta tendencia, por ahora, parece escapar Venezuela. Es el único país, de los que más afectados se han visto por la crisis capitalista en la región, donde no se ha producido un cambio de Gobierno. Pero no será porque “los grupos opositores” y quienes los financian, alientan y promocionan no lo hayan intentado, la verdad. De hecho, las elecciones legislativas de 2015, donde la MUD obtuvo la mayoría, fueron una importante señal de aviso de los derroteros que podía seguir la política venezolana. 

La incidencia de la crisis en el panorama político americano hay que tomarla muy en serio. Sobre todo porque es clara expresión de la principal limitación de los procesos reformistas que se han desarrollado en los últimos años: su confianza en los mecanismos económicos capitalistas, su escaso o nulo interés por alterar la base económica capitalista y, por tanto, la conservación de un aparato estatal capitalista que mantiene y reproduce los vicios de períodos anteriores. En resumen: la base económica ha permanecido inalterada y lo que se ha hecho, con menor o mayor acierto, es ampliar y redistribuir de una forma distinta el ingreso estatal. 

La culpa de la crisis económica venezolana no la tiene Maduro

Al hilo de lo anterior, hagamos un poco de memoria. Conviene recordar que buena parte de la política de comunicación del Partido Popular entre 2008 y 2011, estando en la oposición, consistía en repetir insistentemente que la culpa de la crisis y su incidencia en España la tenía Rodríguez Zapatero, del PSOE, por entonces en el Gobierno. Obviaban que la gestión de Zapatero era tan a favor de los monopolios como la suya y muy continuista del modelo económico español basado en el ladrillo que se había impulsado en la época de Aznar, y personificaban en Zapatero todos los males que azotaban al país. La conclusión evidente de tal discurso era que, para acabar con la crisis, había que acabar con el gobierno de Zapatero y que volviera el PP. Sucedió ese cambio en 2011 y la crisis, lejos de remitir, continuó. De hecho la economía española entró en su segunda recesión, en una nueva fase durísima para la clase obrera y los sectores populares, cuyos efectos se siguen notando —y mucho— hoy, por más que la patronal y sus gobiernos se escondan tras los datos macroeconómicos.

Esta referencia a la política española del pasado reciente pretende ilustrar dos cuestiones: la primera, la tendencia de los políticos capitalistas a vincular la incidencia de las crisis con la presencia en el Gobierno del adversario político, que es una constante en el mundo capitalista; la segunda, y fundamental, que el estallido de crisis cíclicas bajo el capitalismo no obedece a la gestión mejor o peor de uno u otro partido en el Gobierno, sino a la dinámica capitalista, que impera, claro está, cuando las relaciones de producción que prevalecen son las capitalistas. En Argentina, en Brasil, en Ecuador o en Venezuela —como en España— las relaciones de producción capitalistas son absolutamente hegemónicas, por tanto tenían que notarse en algún momento los efectos de la crisis capitalista. ¿Que se han notado en diferentes momentos? Es lógico, pues en el capitalismo opera la ley de desarrollo económico desigual. Pero el momento tenía que llegar, y ello independientemente de quién ocupase la Presidencia o el Gobierno. 

Ya hemos visto lo que ha pasado en otros países americanos, donde se ha repetido la tendencia de otros muchos países capitalistas, en los que el color del Gobierno ha cambiado durante el desarrollo de la crisis económica. Pero en Venezuela, pionera en los procesos “bolivarianos” del presente siglo, a diferencia de Brasil, Ecuador o Argentina, la “contra” tiene mucho más difícil sacar a Maduro de Miraflores. Primero, porque la capacidad de movilización de masas que tiene Maduro, aunque menor que la que tenía Chávez, es real y palpable. No obedece a mera propaganda, no se explica sólo mediante el consignazo: hay avances sociales concretos —aunque no permanentes ni  definitivos— que han generado un amplio apoyo al proceso. Si bien el apoyo en términos de votos iba cayendo proceso electoral tras proceso electoral, existe una amplio abanico de organizaciones sociales y políticas que apoyan al Gobierno, como se ha visto en el proceso de votación de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Segundo, por la determinante existencia de la “alianza cívico-militar” que se concreta en que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) apoyara  firmemente a Chávez y hoy apoye firmemente a Maduro, a pesar de que parte de la campaña de desestabilización mediática vaya dirigida a buscar una fractura en el ejército. Esa alianza cívico-militar, que en otros países no ha existido, marca una diferencia inestimable en una zona del mundo donde han sido lamentablemente habituales los golpes militares contra dirigentes elegidos por el pueblo.

Además, la “oposición” no es ni mucho menos un conglomerado homogéneo. Hay distintos sectores con distintas expectativas y tácticas para desalojar a Maduro, desde los abiertamente terroristas a los más posibilistas que aspiran a que los problemas económicos, bien utilizados y manipulados por la prensa nacional y extranjera, acaben con él por la vía electoral. Posibilismo que, no lo olvidemos, también existe en sectores considerados “chavistas” que se arriman al sol que más calienta y en la denominada “boliburguesía”. 

Sí hay compromisos en la política venezolana

En este contexto, voces autorizadas coinciden en analizar que el impulso al Consejo Nacional de Economía Productiva (que pretende buscar alternativas de diversificación productiva para reducir el monocultivo petrolero) es el marco donde se está produciendo un proceso de conciliación de clases —una concertación— que está trayendo consigo un conjunto de medidas a favor del capital que impactaron negativamente sobre las masas trabajadoras y sectores populares.

Nadie pone en duda que existe una aguda crisis en el modelo capitalista venezolano. Se trata del agotamiento de la forma capitalista particular organizada de la base económica de nuestra sociedad, que condena al país a la dependencia, el atraso y el saqueo permanente por parte de los monopolios nacionales e internacionales que se disputan la extracción de la renta. Para la reacción y el reformismo, el debate sobre el agotamiento del modelo de capitalismo dependiente y rentístico, se resuelve con la formulación de ilusorias y simples iniciativas economicistas aisladas, mientras que para los comunistas y la clase trabajadora es un problema medular que plantea la transformación revolucionaria de la base económica de la sociedad, y con ella la necesidad de trastocar todo el edificio político-jurídico-legal que sobre esta base se levanta abriéndole perspectivas reales a la construcción de la sociedad socialista fundamentada en el socialismo científico. [1]

Como señala en un reciente artículo el dirigente comunista venezolano Pedro Eusse: “El Gobierno venezolano busca hacerle frente a la crisis en el marco del modo de producción capitalista y, para ello, adoptó la denominada Agenda Económica Bolivariana y puso en funcionamiento el Consejo Nacional de Economía Productiva. En ese contexto ha emprendido una serie de políticas y medidas destinadas a estimular y atraer inversiones, entre ellas están las que crean un clima sociolaboral propicio para ello y condiciones para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia, tales como: la política de “paz laboral” y la depresión de los salarios por debajo de su valor”. 

Cabe preguntarse entonces si son sustancialmente diferentes, más allá de ciertos elementos particulares de cada país, las condiciones políticas, en términos de clase, en que se está desarrollando la crisis económica en América. En el fondo, no mucho. Ninguno de los gobiernos anteriormente citados puso en marcha medidas genuinamente revolucionarias para afrontar la crisis. Es decir, todos y cada uno de los gobiernos han peleado y pelean con las armas y bajo las condiciones del capitalismo y están pagando las consecuencias. 

Siendo honestos, todo el mundo debería reconocer que hay cosas imposibles de conseguir bajo el capitalismo, bajo cualquier tipo de gestión capitalista. Una es acabar con el paro. Otra es la mejora constante de las condiciones de vida y trabajo de la mayoría obrera y popular o, dicho de otra forma, la capacidad de satisfacer las necesidades siempre crecientes de la población. ¿Se pueden adoptar medidas para rebajar el paro o para mejorar las condiciones de vida de la mayoría trabajadora bajo el capitalismo? Sí, coyunturalmente. Pero siempre con la espada de Damocles pendiendo: una nueva crisis o cualquier cambio en las condiciones del comercio internacional o una bajada brutal de los precios del petróleo o de cualquier otra materia prima llega y te revienta, porque las leyes del desarrollo capitalista siguen operando —guste o no guste— si no se altera la base económica de tu país. 

Pues bien, tras varios años de desarrollo limitado, pero generando unas amplias expectativas en muchos sectores de la población de sus propios países y de otros, con Venezuela convertida en un valedor internacional de muchos de estos nuevos gobiernos, parece que está llegando el momento de la resaca económica y las fuerzas más reaccionarias, tradicionalmente alineadas con los intereses de potencias imperialistas como Estados Unidos y —fundamentalmente a través de España— la Unión Europea, sacan partido de las negativas consecuencias de la crisis capitalista para dinamitar —por todas las vías a su alcance— los avances sociales alcanzados en los países mencionados.

La cuestión electoral y la legitimidad

La derecha apuesta a seguir intensificando la confrontación y la presión internacional contra el gobierno y el proceso bolivariano, con el fin de crear un cuadro de violencia, terror, caos e ingobernabilidad y caos que facilite —en el marco de la descomposición política, económica y social que acelera la crisis capitalista— nuevas fracturas en el seno del gobierno y el PSUV, en el movimiento popular y revolucionario, en el aparato del Estado y la FANB, que faciliten su objetivo de alcanzar la sustitución del gobierno por la vía de la ruptura del orden constitucional. 

Conviene pararse un momento en uno de los asuntos más relevantes de la campaña mediática contra Venezuela: el de la legalidad y la legitimidad electoral. No deja de llamar poderosamente la atención que, en una supuesta dictadura tan brutal como la que nos pintan, y después del espectáculo bochornoso de la llamada “consulta opositora” celebrada el 16 de julio, tras la negativa a reconocer los resultados de la votación sobre la ANC, la “oposición” se haya lanzado ya al proceso electoral de las regionales de diciembre de 2017. 

¿Verdad que no parece cuadrar mucho esta participación electoral con el escenario represivo apocalíptico del que los medios hablan? Da igual, los medios pasan una y otra vez de puntillas por el hecho de que, según todos los parámetros burgueses, el sistema político venezolano es perfectamente homologable al de muchos otros países, y mucho más garantista que países tan “amigos” y “hermanos” como Marruecos o Arabia Saudí. Lo que molesta es que, antes Chávez y ahora Maduro, hayan ganado elección tras elección y que los cambios constitucionales en el país hayan obtenido un amplio respaldo popular. Como la “oposición” se ha quedado sin argumentos válidos, han elevado la intensidad de las maniobras de desestabilización y la prensa les da la cobertura.

Pero no conviene olvidar que la confianza en los mecanismos electorales burgueses es un arma de doble filo. Fiarlo todo a las urnas, sin desarrollar mecanismos de poder obrero y popular efectivos, suele ser garantía de derrota tarde o temprano. Ciertamente puede funcionar como un argumento para generar simpatía y legitimidad hacia tu proceso en momentos concretos, pero hoy la fase parece ya ser otra, cuando las fuerzas injerencistas pretenden dar por bueno un supuesto “plebiscito” como el del 16 de julio al tiempo que te acusan de irregularidades en la votación del 30 de julio. Pero para romper con el legalismo burgués hay que querer, todo sea dicho. También hay que tener claro hacia dónde transitar y qué formas de poder implantar, pero eso no parece estar hoy en la agenda del Gobierno o de la ANC.

La Asamblea Nacional Constituyente. La posición comunista

En este complejo cuadro de la confrontación, es que el presidente Nicolás Maduro anunció al país la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente, propuesta que, por lo tanto, no surge en un contexto de ofensiva del movimiento popular, sino como resultado de la búsqueda de un acuerdo de gobernabilidad que asegure la estabilidad al actual orden establecido bajo dirección pequeñoburguesa.

Las fuerzas convocantes de la ANC han dejado muy claros sus objetivos: alcanzar la paz, lograr una salida “democrática” a la crisis y consolidar constitucionalmente una solución capitalista a la crisis del capitalismo dependiente venezolano. Con ninguno de estos propósitos podemos coincidir los comunistas, si se entiende la paz como la concreción institucional de la entrega de las conquistas populares y la solución a la crisis como la legitimación de las superficiales medidas de carácter reformista que se vienen implementando en favor de los capitalistas, bajo el trillado pretexto de impulsar la capacidad productiva del país.

La convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente en mayo fue un efectivo golpe de efecto de Maduro, que con ello alteró el tablero y la dinámica con que se estaba desarrollando la crisis política en Venezuela. En tales condiciones, la Asamblea Nacional Constituyente por sí sola, no representa para las masas trabajadoras de la ciudad y el campo ninguna salida real a los problemas que las agobian como resultado de la crisis capitalista y las políticas reformistas. La ANC tendrá utilidad para los intereses del pueblo trabajador, en la misma medida en que su dinámica esté determinada por una agenda de agitación y lucha dirigida a materializar las demandas urgentes de las masas trabajadores y populares frente a la ofensiva del capital. 

Con este análisis —claro y cristalino— en la mano, la posición comunista ante la votación de la ANC fue contundente: en un contexto en que las fuerzas más reaccionarias incrementan el grado de violencia, cuando se producen ataques de bandas terroristas mercenarias en diversos puntos del país, cuando las “manifestaciones opositoras” terminan en batallas campales tras constantes provocaciones a la policía y cuando el grado de desestabilización alcanza sus cotas máximas en un escenario pre-golpista, es necesario apoyar la ANC y participar en la votación del 30 de julio. Con candidatos propios y sin caer en falsos mitos ni confundir la posición: la ANC se elige en el contexto en que se elige, con la correlación de fuerzas que hay y con un punto notable de improvisación, por tanto “es importante que los trabajadores no alberguen ilusiones (…). Tenemos que entender que la causa fundamental de todos nuestros problemas es la existencia del sistema capitalista que sigue dominando el país”, como señalaba Pedro Eusse en una entrevista el 31 de julio. 

Nuestra solidaridad es con el PCV

Veremos qué depara el futuro al proceso venezolano. De ninguna manera queremos ver a la mayoría obrera y popular venezolana dar pasos atrás, pero la confianza en la ANC y el próximo período es limitada.

Que la Constituyente responda a los objetivos y aspiraciones populares dependerá principalmente de la presencia en ella de un fuerte y decisivo contingente de constituyentes comprometidas y comprometidos en defender consecuentemente el programa que levanta la unidad revolucionaria obrero-campesina y popular.

Estamos conscientes de que las condiciones no son las más propicias para lograr tan necesaria correlación de fuerzas; aun así, la Asamblea Nacional Constituyente es un espacio y momento de aguda disputa por la dirección de las masas y de profundización de la confrontación de clases, propicia para desarrollar una audaz campaña de agitación político-ideológica de masas con nuestras propuestas y para presionar por conquistas que beneficien al pueblo trabajador. Más aun, cuando la esencia del debate constituyente debe ser su contenido programático en torno al modelo político, económico y social que sirve hoy a los objetivos del país, debate que adquiere mayor relevancia para la militancia comunista y el movimiento de trabajadoras y trabajadores, al desarrollarse en el contexto del quiebre de la base económica capitalista y, en consecuencia, del tipo de organización estatal que le sirve de superstructura.

Pero, como se señalaba al inicio de estas líneas, nuestra confianza y nuestra total y completa solidaridad están hoy en los y las comunistas de Venezuela, en el PCV:

Todo este esfuerzo debe contribuir a combatir la falsa polarización sembrada en el imaginario colectivo de las masas sobre los supuestos dos bandos (opositores y chavistas), debido a que tal esquema convierte a la clase trabajadora en presa fácil del engaño, impidiéndole ver con claridad su situación, intereses y papel en la lucha de clases. Debemos demostrarles que la única lucha antagónica que existe en nuestra sociedad es entre los capitalistas y su sistema por un lado, contra la clase trabajadora y los sectores populares explotados por otro, confrontación de clases que tiene su raíz en la contradicción fundamental del sistema capitalista (la contradicción capital-trabajo) y no simplemente en la política de ningún gobierno.La posibilidad de la solución revolucionaria a la crisis demanda que la clase trabajadora deje de actuar engañada en beneficio de intereses de clase que le son ajenos, y se convierta en vanguardia de su lucha por su verdadera emancipación política y social.

Ástor García

Secretario General del PCPE

Nota importante: los párrafos en cursiva en los que no conste cita proceden, todo ellos, del documento EL PUEBLO TRABAJADOR CONSTRUYE SU PROPUESTA REVOLUCIONARIA A LA CONSTITUYENTE, documento aprobado en la JORNADA NACIONAL DE DISCUSIÓN del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y del Frente Nacional de Lucha de la Clase Trabajadora (FNLCT).