Mayo del 68. Tres lecciones que debe aprender el movimiento obrero

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Pocos acontecimientos en la historia contemporánea han suscitado un número tan grande de intentos de comprensión y explicación. En las apretadas líneas que siguen nos proponemos resaltar tres de las lecciones que podemos extraer de aquellos acontecimientos.

Algo de contexto

El capitalismo genera continuamente una anomia entre lo que promete y lo que es capaz de cumplir. Así, los años previos al 68 la bonanza económica pareció asegurar a la clase obrera, a la pequeña burguesía y a las otras capas de la sociedad un porvenir de satisfacción plena de las necesidades económicas, culturales… Cuando la realidad demostró que las ilusiones eran vanas y que la única clase beneficiada era la burguesía, la frustración no tardó en aparecer.

En este clima, el PCF eurocomunista va perdiendo a pasos agigantados su carácter revolucionario y deja a la clase obrera huérfana de dirección política, que pasa a ser ocupada, sobre todo entre sectores del estudiantado, por intelectuales procedentes de la pequeña burguesía y de filiación, en muchos casos, declaradamente anticomunista.

En lo que respecta a la escena internacional, la Revolución cubana, la brutal guerra de Argelia y la guerra de Vietnam, particularmente la ofensiva del Tet en enero del 68, son los espejos cada vez más potentes sobre los que se refleja la verdadera naturaleza del capitalismo y sirvieron de inspiración a un número cada vez mayor de personas.

El detonante y los acontecimientos

Sólo faltaba el detonante que encendiera la mecha de las revueltas. Y se encendió a finales de abril cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de Nanterre se manifestó en apoyo a varios estudiantes que habían sido detenidos bajo la acusación de atacar intereses norteamericanos en el marco de una protesta contra la guerra de Vietnam. La respuesta vino por parte de las organizaciones de ultraderecha, que invadieron la universidad el 2 de mayo.

La primera semana de manifestaciones tuvo su culmen la noche del 10 de mayo, cuando miles de estudiantes llenan de barricadas el Barrio Latino y el despliegue de carros blindados por París. 

Para el día 13 se convoca una huelga general en todo el país y los acontecimientos adquieren una nueva dimensión. Millones de trabajadores y trabajadoras secundan la huelga. Aunque el movimiento estudiantil ha animado al movimiento obrero, en ningún caso puede afirmarse que haya una relación de causalidad. No en vano, durante toda la década de los 60 se sucedieron huelgas obreras de calado cada vez mayor. Si 1967 acabó con numerosas huelgas en todo el país, 1968 nació con las mismas perspectivas.

Ante la pujanza del movimiento obrero y estudiantil, el gobierno recula, hasta que a finales de mayo De Gaulle declara disuelta la Asamblea y convoca elecciones para finales de junio. Y así, restablecida la ilusión parlamentaria, se van apagando los últimos focos de la revuelta.

Varias preguntas

Sin embargo, quedan cuestiones que responder: Mayo del 68’ ¿fue una revolución?, ¿qué papel jugaron en el desenlace los distintos actores políticos? ¿y las distintas clases?

Empecemos por los dos últimos aspectos. Como ya hemos visto, la situación política de la clase obrera francesa era ambivalente. Por una parte, la década de los sesenta supuso un auge de la lucha obrera como no se había visto desde antes de la última guerra mundial, de hecho, la conflictividad laboral estaba en alza cuando llegó mayo del 68. Sin embargo, el papel del PCF como dirigente natural de la clase obrera no sólo dejó mucho que desear, sino que, además, tuvo una nefasta influencia en el desenlace de los acontecimientos.

Con la ventaja que da la perspectiva del tiempo, hoy sabemos que verdaderamente no pudo ser de otra manera. El revisionismo imperante en el PCUS después del XX Congreso abrió las puertas para que sus homólogos occidentales trocaran el marxismo-leninismo, que había llevado a la clase obrera al poder, por la corriente eurocomunista, que prometía grandilocuentemente un triunfo pacífico de la Revolución a cambio de un pacto social con la burguesía. 

En apenas tres días, el PCF y su sindicato, la CGT, dan muestras prácticas de lo que significa el eurocomunismo. Efectivamente, entre el 25 y el 27 de mayo se sustancian, entre los sindicatos —la CGT entre ellos— la patronal y el Gobierno Pompidou los llamados Acuerdos de Grenelle que, aunque nominalmente suponían la mejora del salario, no eran, ni de lejos, lo que la subjetividad política de la clase obrera reclamaba. En segundo acontecimiento se produce el mismo día 27, cuando en un mitin multitudinario el PCF se aviene a lo que llama un “gobierno popular” que, a efectos prácticos, significaba renunciar a la posibilidad de unan insurrección, como clamaban cada vez más sectores del movimiento obrero, en favor de un frente de izquierdas con el sector de la burguesía encabezado por François Miterrand. Cuando días después el propio De Gaulle disuelva la Asamblea y convoque nuevas elecciones, el PCF terminará su labor de desmonte de la movilización llamando, no ya a proseguir las huelgas, sino simplemente a votar. Ambos acontecimientos tuvieron el efecto de cortar las alas al movimiento obrero y recluirlo, una vez más, en los controlables cauces del parlamentarismo burgués.

Sin una dirección revolucionaria —como hemos anotado— la dirección política del movimiento obrero y estudiantil quedó expedita en manos de intelectuales de extracción pequeñoburguesa que, más allá de una fraseología revolucionaria, sólo buscaban un mejor acomodo en el sistema capitalista. La mayoría de ellos profesores de las distintas universidades francesas, lo que les granjeó una oportunidad inmejorable de influir en el otro gran actor social de los acontecimientos de mayo. Efectivamente, el estudiantado, una compleja amalgama de jóvenes procedentes de familias de la pequeña burguesía y, los menos, de extracción obrera, vieron en la intelectualidad francesa, muchos de ellos sus propios profesores, a sus dirigentes naturales. 

Uno de ellos fue Alain Touraine, maestro de Cohn Bendit en Nanterre, a la sazón unos de los líderes del movimiento estudiantil. Touraine —como ya lo había hecho Marcuse— no escatimó descalificaciones a la clase obrera como sujeto revolucionario en favor de los nuevos movimientos sociales, devenidos, a su juicio, en verdaderos representantes del interés general. Touraine, siendo consecuente con su posición clasista, afirmó que esos nuevos movimientos “no se orientarán a la toma del poder sino al cambio de sociedad”. 

A la par con la realidad universitaria, carente de un verdadero discurso de clase, surgieron al calor de los acontecimientos grupúsculos izquierdistas de todo pelaje. Maoístas, troskistas o los “consejistas” de Anton Pannekoek, coloreados de anarquismo galopante, proliferaron como setas después de la lluvia, contribuyendo a desdibujar un frente unitario de lucha revolucionaria en favor de las más diversas aspiraciones. El saldo final de este batiburrillo ideológico fue un movimiento estudiantil combativo, pero sin dirección revolucionaria, carente de un proyecto común desde el que entablar una alianza estratégica con la clase obrera con la vista puesta en la toma del poder.

La cuestión de la toma del poder nos lleva a nuestras primeras preguntas: ¿qué fue Mayo del 68? Por las líneas que anteceden habrá quedado ya claro que, en términos generales, la cuestión de la toma del poder y la revolución socialista no figuraba entre los objetivos de los sujetos políticos de los acontecimientos de mayo. No era, pues, la revolución lo que estaba en juego, sino una distinta acomodación dentro del capitalismo realmente existente. Y ello pese a que, en el momento álgido de las protestas, cuando el gobierno no se atreve a recurrir de forma generalizada a la represión, pareció abrirse en el horizonte una situación de vacío de poder

En un escenario de vacío de poder, con una huelga que pretendía tener un carácter revolucionario, ¿pudo llegarse a una insurrección armada? Acudamos a una experiencia histórica. Lenin, al calor de los sucesos de febrero a octubre 1917, comprendió que la insurrección, que finalmente daría lugar a la Revolución de Octubre, podía triunfar por una doble razón fundamental: la mayoría del pueblo ruso había comprendido por la fuerza de los hechos que la situación era insostenible y el partido bolchevique era el único que ofrecía “a todo el pueblo la salida certera, al demostrarle «en los días de la korniloviada» el significado de nuestra dirección”. En otros términos, para que una insurrección acabe en victoria son necesarios dos factores: por una parte, que la clase obrera —y sus aliados— esté dispuesta a sostener una lucha armada hasta el final y, por otro, la existencia de un partido comunista, ideológicamente armado y capaz de dirigir la lucha de las masas.

Esta, como se ha comprobado líneas arriba, no era la situación del mayo francés. La influencia ideológica diversa de los actores sociales y políticos y la deriva revisionista del PCF, que le inhabilitaba como referente revolucionario entre las masas, impedía, de facto, un triunfo de una hipotética insurrección.

A modo de conclusión: tres lecciones de Mayo del 68’

Acabemos estas breves líneas con una última pregunta: ¿cuál fue el saldo de las protestas de mayo? 

Cuando a finales de junio se celebran las elecciones, sólo hubo un ganador: las fuerzas gaullistas arrasaron, obteniendo una mayoría absoluta con la que nunca habían soñado. Las fuerzas que habían defendido la táctica electoralista del gobierno popular, principalmente el PCF, sufrieron una derrota en toda línea de la que ni aun hoy se han repuesto. Y esa es la primera lección: en el parlamentarismo burgués siempre gana la burguesía, de un modo u otro.

Pero, más importante aún, la derrota del movimiento obrero fue mayor. Aunque en primer momento, por cuestiones tacticistas, la burguesía gala pactó con los sectores reformistas algunas mejoras laborales, muy pronto se vinieron abajo. Los “éxitos” que el reformismo había pregonado se demostraron como simples migajas que se desvanecieron en el aire con el soplo de la crisis económica del 73’. Y esa es la segunda lección: la política de la conciliación de clases en el marco de un estado burgués siempre se salda con la derrota temprana de la clase obrera.

La tercera lección es causa de las dos anteriores. La ausencia de un Partido de vanguardia, “templado en la lucha”, deja a las masas obreras y populares huérfanas de una dirección política revolucionaria que sepa analizar correctamente el momento histórico en orden a convertir las luchas aisladas y espontáneas en un verdadero levantamiento popular que sitúe el problema de la revolución socialista como horizonte de lucha cercano. Ya hemos visto cómo la deriva eurocomunista del PCF le incapacitó, de facto, para ejercer esa tarea y consecuentemente no jugó un papel de dirección política en las protestas. 

En ese contexto, otras clases, o capas, sociales se prestan a ejercer esa dirección política, pero no con orientación obrera y de salida revolucionaria, sino en la espuria defensa de sus intereses particulares. La pequeña burguesía intelectual, como hemos visto, no tardó en ponerse al frente de las protestas, encausándolas hacia sus intereses objetivos.

El saldo final de los acontecimientos de Mayo del 68’—no sólo del mayo francés, aunque en éste nos hayamos centrado por cuestión de espacio— fue una derrota del movimiento obrero y popular y una quiebra de las ilusiones de lucha de millones de hombres y mujeres que trajo consigo, en las décadas siguientes, un aumento de la desmovilización social que sólo poco a poco se está superando. Pero también —y con esto debemos quedarnos— aportó valiosas lecciones que el conjunto del movimiento obrero debemos aprender y asimilar en la lucha diaria por nuestro presente y nuestro futuro.

Armiche Carrillo, miembro del Comité Central del PCPE.
Artículo publicado en el nº1 de Nuestra Política, revista teórica y política del PCPE.